*** Este no debió ser un domingo en el que yo estuviera sola, encerrada con mi perra, arreglando desperfectos de mi apartamento y tratando de entender por qué me siento tan agobiada. Este domingo debimos haber despertado juntos, yo debí haber preparado algún desayuno especial, seguramente con panqueques y él debió haber lavado la loza con el delantal de El Capitán. En cambio, tengo un domingo en el que llevo varias semanas sin haber encontrado mezcla para panqueques, desayuné con chocolate, huevos y pan y el chocolate lo dejé a la mitad y los trastes los voy a lavar en la noche, con todo lo demás. Tengo un domingo cualquiera, como si todos los eventos del último año no hubieran sucedido, no por falta de recordación, sino por la monotonía de los días que han hecho de un día especial el letargo de una vida, el cansancio, la soledad, el silencio de quien languidece en la ausencia. Este debió haber sido un domingo de celebración, en cambio tengo un domingo de pena. **...
Una grieta se abrió en la playa, frente al mar. Tenía los ojos llenos de lágrimas. Lágrimas de felicidad y de esperanza acompañaban al presente que ofrecía. Con las manos juntas reunió sus sueños, con las manos juntas quiso recoger y beber y las manos juntas regresaron vacías al pecho. Una grieta se abrió en la playa, en el mar. Preguntó qué hacer con las manos vacías el mar respondió con un crujido que aterraba y los labios resecos ardieron con el salitre. Viajaste buscando lo que la ciudad te negaba, pero no es calma lo que he de concederte, fuerza es lo que demandará tu futuro. Una grieta se abrió frente a la playa, en el mar. Comprendió que su ofrenda rechazada era el augurio de la providencia, el futuro no había sido negado, pero no sería compartido. Fuerza necesitaba para recoger sus pasos. Fuerza necesitaba para andar su propio camino. La fuerza era necesaria para sobrevivir a la grieta. Una grieta se hizo más profunda recordando a la playa, en la ciudad.
Nos dieron la cuenta –Esta vez invita usted ¿No?- Dijo mi amigo en tono de broma –Listo, no hay problema- respondí sacando la billetera de mi bolsa. Él sonrió y me dijo -¿Usted está dispuesta a pagar la cuenta y no tiene novio? Yo hice una mueca que se asemejó a una sonrisa y guardé silencio. En parte si me parecía gracioso porque, aunque desconozco el porcentaje de mujeres que está presta a hacer una invitación o a pagar una cuenta por mitad, dentro del círculo en el cual me muevo he notado un importante avance en estos temas. Así, las mujeres que conozco ya no salen esperando que siempre sea él quien pague e incluso están dispuestas a ser ellas quien asuman los gastos. Y obvio, en casos extremos también he visto abusos económicos, aquellos sobre los cuales ellos se quejan tanto; incluso yo misma me he sentido cercana a ese lugar. Por lo tanto, me pareció extraño que él encontrara eso como una cualidad remarcable. Pero había un poco de incomodidad en mi expresión porque no...
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