jueves 15 de marzo de 2012

Revelación






Estaba sentada en las escaleras, con la mirada perdida en algún pensamiento que su mente fabricaba en ese instante, la espalda ligeramente inclinada hacia adelante, el cabello suelto -tan rebelde como siempre le dio la gana de ser-, las manos estilizadas y delgadas eran las mismas, en la izquierda permanecía intacto su cigarrillo, siempre desgastándose, siempre llegando a los tres cuartos, nunca consumido totalmente.

Sin retirar la mirada, llevó su mano a la boca y aspiró una bocanada profundamente, apretó los labios y luego, abriendo despacio y débilmente su boca, dejó que algo de humo se escapara suavemente. Aún no se percataba de mi presencia, eso era claro.

Decidí esperar, quedarme un momento al costado. Esta era una de esas oportunidades que no se pueden desperdiciar.  Mientras tanto, ella revisó su reloj con curiosidad, movió la cabeza de un lado a otro en señal de desaprobación, nunca le gustó esperar; después, con su pulgar dio un par de golpes al filtro del cigarrillo y en ese momento recordé que no conocía a nadie más que lo tomara de esa manera: entre los dedos medio y anular. 

Me sorprendí recordando sus pequeños detalles, era extraño remembrar tanto cuando había pasado mucho tiempo, cuando yo jamás había sentido pena por su ausencia. Pero debo reconocer que era delicioso observarla, en su impaciencia, en su inocencia, esa que ni  la adultez ni siquiera la pena, le habían logrado arrancar. 

La impaciencia se apoderaba cada vez más de su cuerpo. Las piernas que permanecían cruzadas, intercambiaban papeles, quizá queriendo aliviar la tensión; su pie izquierdo empezó a moverse en un modo en que no llevaba ritmo, pero sin duda estaba acelerando. De nuevo revisó su reloj y levantó la mirada echando un vistazo alrededor queriendo encontrar un rostro conocido, sin embargo yo estaba lo suficientemente lejos para no ser visto o quizá su mente -poderosa y caprichosa- no quería verme.

De repente un desconocido se le acercó. De inmediato me puse a la defensiva… aun no entiendo esa actitud. Intercambiaron palabras, aquel le regalaba una sonrisa, mientras ella evadía su mirada y se mostraba incómoda; me pregunté si sería necesario intervenir, pero a los pocos segundos el extraño se marchó con la derrota dibujada en su rostro en tanto ella tenía un brillo de victoria en sus ojos. 

Sus ojos, aquellos vivos, juguetones, inquietos, coquetos. Esos ojos, ¡Sus ojos! No los olvidé jamás. En las noches tenía la extraña sensación de que me observaban desde algún lugar. Una vez cada quién pronunció su despedida y el adiós fue inevitable, llegó al parque ubicado frente a mi departamento una lechuza. Todas las noches la veía, pero era ella quien me observaba a mí, recordándome esos ojos que me desnudaban, que me escudriñaban el alma. No, sus ojos no los recordé porque en realidad nunca los olvidé. Cada parte, cada pestaña, cada ilusión que se escondía tras ellos, cada distracción detrás de la cual viajaban… los ojos soñadores, siempre iluminados.

Decidió ponerse de pie. La impaciencia invadía cada parte de su cuerpo, no obstante, yo no me sentía culpable sino inmensamente complacido. Más no me alegraba de hacerle pasar un mal momento, no. Me sentía privilegiado ante aquel espectáculo que me proporcionaba observarla, no entendía cómo, teniendo tiempo y oportunidad suficientes, jamás lo hice cuando la tuve cerca, pero ahora que me era tan lejana me resultaba más inquietante, era el placer el que no me dejaba avanzar. 

Pero ella perdió la paciencia, dio unos cuantos pasos yendo de un lado para otro, la gente a su alrededor parecía invisible. De repente la vi más alta y descubrí los tacones de aquellas botas que se ajustaban perfectamente a sus piernas. Solo eso había cambiado en su figura, lo demás estaba intacto, tal como yo lo recordaba.

Observé cómo tomó su celular y, casi de inmediato, el mío empezó a vibrar en mi bolsillo. No quise contestar. Luego vino un intento más y de nuevo mi negativa. Ella había perdido la paciencia, era obvia su partida. Sin embargo, no me moví, no pude ir tras de ella, recordé la cita que habíamos fijado luego de un par de mensajes, escritos con la emoción del rencuentro. Era mezquino acércame cuando ella confiaba en un sentimiento que anteriormente no había existido en mi.

No comprendí el vacío que sentí en el estómago ni el temblor que se produjo en mis manos cuando la vi darse la vuelta y caminar en dirección opuesta a mí. Tuve ganas de abrazarla, de besarla, de salir corriendo tras de ella. En mi mente corrí, la tomé del brazo y la besé apasionadamente, pero mis pies permanecieron allí, inertes. La dejé ir, y esta fue la primera vez en mi vida en que la extrañé…


viernes 24 de febrero de 2012

Miedo a ser bonita - video

   
 
 
Como algunos de ustedes recordarán, hace un tiempo escribí una entrada donde describía la repulsión que a la mayoría de las mujeres nos producen los "piropos" en la calle, que muchas veces merecen ser llamados agresiones verbales.

En desarrollo de este tema, comparto con ustedes un video que me parece pertinente y muy explícito a la hora de explicar lo que nosotras sentimos.







sábado 11 de febrero de 2012

Desconocido



Toc Toc Toc

Llamó a la puerta con golpes débiles, luego vinieron otros más decididos. Por fin alguien abrió.

-Hola
-¿Quien es usted?
-¿Me olvidaste?
-La verdad es que no lo conozco.

Era así. Ella jamás lo olvidó porque en realidad nunca lo recordó. No se puede recordar a quien no se conoce.

Y La puerta se cerró.




miércoles 1 de febrero de 2012

Sobre el amor






El amor no es un cuento ni una mentira.
Es un secreto, y como tal, hay que saber con quién compartirlo.







domingo 22 de enero de 2012

Ausencia


Ocurrió que un día la vida me supo a sangre, el aire me resultó dañino y las hojas de los árboles caían no por naturaleza o por voluntad. 

Ocurrió que los recuerdos desaparecieron y las sonrisas no eran gestos conocidos, más bien lejanos. 

Ocurrió que un día no quise recibir visitas, ni leer cartas. 

Ocurrió que dejé de escribir en páginas de papel y lo que ya estaba hecho, se fue con el fuego voraz. 

Ocurrió que un día, la sangre no era sangre, era miedo, era dolor, era leyenda, era odio, era ira… 

Ocurrió que un día ella estaba aquí…


domingo 15 de enero de 2012

IV



No se trata de que seamos iguales sino de ser un complemento

No se trata de que pongas el mundo a mis pies sino de que nos apoyemos en la búsqueda de nuestros sueños.

No se trata de que me digas todos los días que me amas sino de que lo demostremos mutuamente.

No se trata de que me digas que hay cosas que no puedo hacer sino de que nos ayudemos cada día a intentar nuevos retos.

No se trata de que compartas todos mis gustos sino de aprender y crecer juntos.

No se trata que soportes mis días malos sino de que entendamos que todos los tenemos.

No se trata de que me exhibas como un trofeo a tu lado sino de que nos sintamos orgullosos de tenernos el uno al otro.

No se trata de que me extrañes cuando no me tengas cerca sino de que aprovechemos cada momento que la vida nos da juntos.

No se trata de que me prometas tu amor por siempre, solo se trata de que lo vivamos en el día de hoy.


viernes 13 de enero de 2012

Aprendiendo a Volar






Estaba nervioso, sus manos sudaban, sentía que el estómago iba a salirse en cualquier momento por su boca, no sabía como era capaz de mover sus piernas, se iba a enfrentar a uno de sus miedos más profundos y todo por iniciativa de ella. Subió al avión con pasos lentos, ella lo llevaba de la mano y le susurraba al oído que todo estaría bien.


La situación para ella era diferente, se sentía extraña porque en ese momento los papeles habían cambiado. Estaba acostumbrada a ser considerada como la débil, era la que lloraba, la que emitía gritos de ira, la que no podía controlar sus emociones pero paradógicamente, era también la que estaba acostumbrada a los dolores físicos más fuertes, sin embargo en ese momento era ella quien le decía a él que todo estaría bien, quien apretaba su mano con firmeza demostrándole la confianza que solo entre ellos podía existir. Esta vez ella no tenía miedo, esta vez esperaba el momento con calma y entusiasmo mientras él se mordía las uñas pensando en lo que pasaría si algo salía mal.

Él se lo había prometido desde hacía mucho tiempo y no podía arrepentirse, sentía una extraña necesidad por consentirla, por mimarla, por satisfacer cada capricho que a ella se le viniese a la cabeza y le bastaba ver sus ojos ilusionados y su sonrisa llena de ternura para animarse a seguir con el plan. Se maravillaba pensando, cómo tanta delicadeza podía estar presente justo cuando la adrenalina iba a desbordarse por todo su cuerpo y soltaba una sonrisa que vacilaba entre el cariño y el nerviosismo presentes en ese momento.

Tomaron asiento y pasados unos pocos minutos el avión despegó.
-¿Estas segura de lo que estamos haciendo?
-Completamente, ha sido uno de mis sueños desde niña.
-¿Y si algo sale mal? ¿Si algo falla? ¿Si una cuerda se rompe? ¿Si "eso" que llevo en la espalda no se abre? ¡¿Y si no se abre el tuyo?!
-No creo que algo salga mal, ni que falle, estos equipos son muy seguros, pero si el de alguno de los dos no abre, iremos de la mano y el uno intentará abrazar al otro, estoy segura.
-¡Estas loca! ¡Eso no se puede hacer!
-Claro que si...

En ese momento el instructor interrumpió la conversación y les indicó que era hora de saltar. Hubo un conteo rápido y repentino. Tomándose de la mano ambos saltaron las vacío, el aire empezó a circular por cada espacio de su piel, desfigurando por momentos sus rostros y creando divertidas muecas. Ambos estaban sedados por la adrenalina del momento, sin soltar sus manos, abrieron sus brazos e intentaron planear... fue un momento mágico.

-Esto ha de ser lo más cercano a volar- dijo ella emocionada y él vio como dos alas parecían salir de la espalda de ese cuerpo frágil que él conocía como la palma de su mano; cerró los ojos y guardó esa imagen para siempre. Alejaron sus manos y cada uno abrió su paracaídas, sintieron un tirón y el descenso se hizo considerablemente más lento.

Al llegar a tierra se sorprendieron con equipos de paramédicos y ambulancias esperándolos, él corrió hacia ella quien había aterrizado un poco antes. La revisó por completo y su tranquilidad volvió al verificar que estaba bien.

-¿Que pasa, por qué todo este alboroto?
-No lo sé, desde que llegué todos me están mirando raro.
Se acercó a ellos el instructor y les dijo:
-Esto es muy extraño, la maleta que ella traía en realidad no contenía un paracaídas, se ha confundido con aquel que yo llevaba con mis artículos personales; lo noté uno o dos minutos después de que saltaran.
-Es imposible ¿No ve que acabo de aterrizar perfectamente?


Con el impacto de la noticia y la adrenalina aun corriendo por sus venas, se dirigieron a la mochila que ella había soportado sobre su espalda. Al abrirla encontraron una linterna, un par de tennis, una gorra y algunos artículos de aseo.


-Esto es ridículo ¡¿De donde salió el paracaídas?!- Exclamó ella conmocionada.


Entonces él recordó su visión, las alas que se desplegaban de su espalda, la confianza con que había llegado ella a ese lugar, la felicidad que se asomaba por sus ojos momentos antes de saltar y aquella frase que sus deliciosos labios pronunciaron "esto ha de ser lo más cercano a volar". Todo tuvo sentido y lo entendió en el momento preciso, ella había nacido para esto, era libre y hasta ahora empezaba: estaba aprendiendo a volar...